Apuntes para pensar una tecnociencia feminista**


Por: Emma Gabriela Sánchez Baizabal



Lo más relevante de la consideración feminista de la ciencia pasa por la necesidad de que la tecnociencia ponga a prueba los supuestos valores que rigen y configuran la sociedad en su momento histórico determinado.




El movimiento feminista que desde mediados del siglo XVIII se ha hecho escuchar como representativo del lugar de las mujeres en la sociedad, ha puesto en evidencia no sólo la carencia de oportunidades a nivel social, político y económico, sino también el acceso a la educación, la salud y el bienestar en general. 

La lucha se ha diversificado atendiendo a cuestiones concretas: las religiones, las clases sociales, la geografía, las preferencias sexuales, etc. Desde mediados de siglo pasado la lucha se fue transformando desde la búsqueda por la igualdad de condiciones (las mujeres merecen las mismas condiciones que los hombres) hacia la crítica de esas condiciones: el capitalismo y la producción tecnocientífica. En términos de ésta última, habría que pensar que no se trata sólo de la cantidad y el lugar que las mujeres ocupan en la producción de conocimiento, sea científica o humanista, sino de los prejuicios de género que se encuentran al interior de la investigación misma.

Feministas como Sandra Harding o Donna Haraway, en Estados Unidos, han puesto especial interés en que la producción científica y tecnológica (siempre capitalista) contribuye a la conformación y reafirmación de los valores sociales, tales como la objetividad o la utilidad, pero también la noción misma de verdad. El problema es que cuando dichos valores están atravesados por prejuicios de género, la sociedad en su conjunto sólo puede afirmarse en sus prejuicios. Este sería el caso de las inteligencias artificiales programadas desde una perspectiva de género exclusivamente binaria que reafirma los roles del cuidado, la preocupación y la empatía como rasgos propios de la feminidad.[1]

Sin embargo sería pertinente, incluso urgente, preguntarnos si es posible atender dicha problemática desde nuestro contexto mexicano o si acaso nos encontramos lo suficientemente atrasadas como para no poder siquiera pensarla.

Sandra Harding señala, en el prefacio de su libro sobre ciencia y feminismo, que la postura feminista sostiene que las epistemologías, (metafísicas, éticas y políticas incluidas) son formas dominantemente androcéntricas que, a pesar de la creencia en el intrínseco carácter progresista y neutro de la ciencia, la estructura social de la misma, sus aplicaciones y tecnologías, sus formas de definir los problemas de investigación y de diseñar experimentos, sus modos de construir y conferir significados son no sólo sexistas, sino también racistas, clasistas y coercitivos en el plano cultural.[2]

En este sentido, la propuesta de dicha crítica consiste en poner en evidencia cuáles son los 
mecanismos, al interior de la investigación científica, que colaboran con la preponderancia de una visión androcéntrica que justifica los prejuicios afianzados en la diferencia de géneros.

Las perspectivas críticas de las que habla Harding que van desde el empirismo feminista, el punto de vista feminista de corte marxista, y el posmodernismo feminista que explora un abanico de autoras periféricas, son sólo posturas diversas que buscan explorar la ciencia generizada, es decir, caracterizada genéricamente a partir de dicotomías como lo natural y lo social, lo pasivo y lo activo, lo irracional y racional, lo masculino y femenino, etc., que han sido condicionadas históricamente al tiempo que se han naturalizado, es decir, que han impuesto un modelo de conocimiento propiamente prejuiciado antes que analizado críticamente, tanto desde la aceptación cotidiana como desde las instituciones públicas.

A pesar de los rasgos exaltados por cada una de las vertientes que, dicho sea de paso, no vamos a examinar aquí, cabe rescatar el carácter propiamente feminista que cuestiona la normalización de discursos androcentristas que pasan por el tamiz de lo objetivo y neutro al interior de la investigación científica misma.

Llama la atención los ámbitos principalmente biológico y de las ciencias sociales, en donde aquella caracterización androcéntrica queda delimitada de manera obvia. Las situaciones más comunes tienen que ver con a) la preeminencia por los estudios de la función racional en detrimento de la función emotiva, que según el sentido común caracteriza al género masculino, b) la importancia de los personajes públicos u oficiales que no toman en cuenta las esferas privadas y aparentemente invisibles de la vida y de la organización sociales, sesgo que oculta cuestiones importantes para garantizar una visión compleja de la sociedad alejada de deformaciones, esto es, el hecho de asumir la sociedad como única sin atender a las diferencias factuales entre hombres y mujeres, dentro de ella, y c) obviar el sexo o género como factor de consulta. Esto debe entenderse en el sentido de la consigna beauvoiriana de que la mujer no nace, sino se hace,[3] así como metodologías y situaciones de investigación que impiden la manifestación de información, por ejemplo, en el caso de dedicar a hombres una investigación al interior de una comunidad en donde hay preeminencia de mujeres.

Los puntos mencionados podrían parecer problemáticos hoy por hoy. Habría que pensar, por un lado, que el texto de Harding fue escrito a mediados de los años 80 y la situación de la producción científica se ha transformado, y por el otro lado, que dicho texto no pretende ser un manual exacto de la situación de la ciencia a nivel mundial, sin embargo siempre cabe preguntar ¿qué tan posible, o urgente o necesario, nos resulta hacer una revisión de dichas propuestas desde la producción tecnocientífica concretada en el caso mexicano?

Me parece que lo más relevante de la consideración feminista de la ciencia pasa por la necesidad de coordinar teoría y praxis, que tanto en el ejercicio científico como tecnológico se pongan a prueba los supuestos valores que rigen y configuran la sociedad en su momento histórico determinado. Después de todo, una ciencia y una tecnología que no pasa por el filtro constante de la crítica, que no pone a prueba sus condiciones de existencia, no termina de servir como ejercicio científico que dignifique la calidad de vida social. Incluso el ejercicio privado de financiamiento que obtienen las investigaciones tecnocientíficas debería verse atravesado por una perspectiva crítica ligada a la perspectiva de género, principalmente porque la dinámica económica se encuentra, en la mayoría de los casos, cómodamente desvinculada de su papel social.

Cabría recordar que hoy por hoy la ciencia no es inmaculada, no puede estar desvirtuada del ejercicio político[4] que implica la relación con las condiciones sociales. La visión androcéntrica que justifica el detrimento de una participación incluyente pasa evidentemente por la norma de lo económico que justifica el apoyo a ciertas investigaciones sobre otras. La inclusión de la perspectiva de género, se hace notable, no es solamente por el número de plazas ocupadas por las mujeres sino también por el financiamiento que se le da a la investigación incluyente, de las llamadas minorías, no sólo de mujeres sino también homosexuales, transgénero, etc, que promueva valores sociales igualmente incluyentes. La investigación crítica, en este sentido, debe entenderse no contra el apoyo económico sino, contra la primacía que brinda este apoyo a la direccionalidad de la investigación, circunstancia que me parece fundamental para conducir de mejor manera tanto el ejercicio científico como la práctica social.

Concebir como la autora hace una noción de ciencia al uso, y habría que decir también una tecnología al uso, opuesta a una mala ciencia, que revele los supuesto con los que se trabaja al interior de las investigaciones, podría ser clave para determinar, y desde ahí hacer criticables los valores que, como hemos repetido, no pueden considerarse propios de una investigación neutra sino que al contrario institucionalizan viejos prejuicios aparentemente irresolubles por naturalizados. En alguna medida se trata de reestablecer, desde lo profundo de la investigación, el interés subversivo que constituyó a la ciencia en sus inicios y que en algún momento y por causas ajenas a ella misma, se supeditó a intereses particulares.

La perspectiva feminista al interior de la ciencia y la tecnología en el contexto mexicano queda, después de todo, por ser pensada.


@bioeticaunam



* Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

[1] Jacqueline Feldman, “The Bot Politic”, en The New Yorker, 31 de diciembre de 2016.

[2] Sandra Harding, Ciencia y feminismo, Trad. Pablo Manzano, Madrid, Ed. Morata, 1993.

[3] Cabría agregar que el hombre, entendido socialmente, tampoco nace, sino también se hace.

[4] Entendido “político” en el sentido amplio de ejercicio crítico preocupado por las necesidades sociales actuales. Y no solamente como quehacer de un grupo o partido al poder.











**FUENTE: "Apuntes para pensar una tecnociencia feminista". URL: https://goo.gl/XrhnGE ACTIVA, al jueves 10 de agosto de 2017.

***NOTAS DE ORIGEN.









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